martes, 15 de marzo de 2011

TALLER ABIERTO MARZO 2011

Como ya todos saben una vez por mes publicamos el trabajo de nuestras visitas.
En este caso nos visita Javier Andrés Daza.
A continuación encontrarán una pequeña reseña del escritor, luego, para leer su texto, cliqueen "leer mas".

Javier Andrés Daza es de Bogotá. Aunque estudia ramas afines a la ciencia y la tecnología, le gusta mucho el arte y la literatura. Descubrió su gusto por la escritura, haciendo una tarea en el colegio. Entonces comenzó a gustarle mucho la lectura y la escritura. Desde entonces ha participado tres veces en el Concurso Nacional de Cuento, quedando una vez como finalista. Le gusta escribir porque siente que su mente se puede ir a lugares que normalemnte no alcanzaría y es como dice una frase suya: "hay millones de historias, yo soy una y mil más".
Pueden visitar su blog en Veré que puedo hacer



HISTORIA DE UN ASESINO por Javier Andrés Daza
Esta es la historia de un asesino cuya personalidad tenía más defectos que valores. Su nombre era Enrique y en sus prioridades no estaba el comprender acerca de este tema. Él simplemente era un hombre a quien le gustaba la soledad y tanta gente le repugnaba así que prefería no mirarlos. Sin embargo, para llevar una vida normal es imposible vivir aislado de los hombres; si así fuese, iría en contra de la normalidad natural de la vida. Enrique mataba siempre a quien encontraba su mirada.
Cuando era niño, no tenía amigos y en cambio golpeaba a compañeros, vecinos y desconocidos (una que otra niña sufrió por sus agresiones tormentosas). Su padre entonces lo castigaba muy fuerte.
-Muérete –le gritaba entonces a su padre luego de cada golpiza-. ¡Tú mataste a mi mamá!
-Hijo: no digas tonterías, yo no la maté –decía su padre con sinceridad y tristeza que salían de lo más profundo de su corazón lagrimeado.
Su historia comenzó al mismo tiempo que su adolescencia. Una tarde salió a caminar por las calles del pueblo y vio una joven campesina con su cabello negro trenzado, su falda larga y colorida que sobresaltaba, a pesar de su frondosidad, sus caderas anchas que sostenían una cintura que asomaba un ombligo provocativo y sensual; sus hombros rosados por el sol pronunciaban la decencia y delicadeza de la señorita, y su rostro, a pesar de la sombra de su sombrero, dejaba ver la silueta tierna y bella de sus facciones. Ella también lo vio, pero la mirada que le dirigió a Enrique –la única que penetraría sus profundas pupilas-, totalmente contrario a él, llevo consigo otro sentimiento: repugnancia. Así, Enrique, comprobó una vez más que su odio hacia el resto de los hombres era inevitable.
A partir de ese cruel instante, su visión acerca de la humanidad cambió y decidió no tenerla cerca. Se acercó lentamente a la joven mientras admiraba más su hermosura. Le agarró el cuello y alcanzó a levantarla varios centímetros del suelo. Para ser tan delgado, Enrique era muy fuerte. Sosteniéndola en el aire, brevemente la lanzó hacia el suelo con muchísima energía y le dio tantos golpes a lo largo de todo su cuerpo que su muerte, según se sabría después, se debió a estancamiento en las vías circulatorias. Su piel blanca quedo hinchada y oscura y su perfecto cuerpo fue deformado con tumores y huecos. Huyó en menos de un minuto y varias horas más tarde, ya de noche encontraron el cadáver aunque nadie sabía quién ni por qué habían matado la hija del juez.
Pasaron algunos años y asimismo el número de asesinatos. Habían incrementado en un trescientos por ciento y cada muerte era diferente a la anterior, desde armas de fuego, cuchillos (grandes, pequeños, anchos, delgados, encorvados, rectos, con filo en la punta, doble filo, etc.), golpes, asfixias, hasta quemados y tritura de cuerpos. ¿Quién era el autor? Por supuesto, Enrique. Pero nadie, en la investigación logro señalarlo.
Sucedía que siempre Enrique caminaba por las calles y no miraba a nadie… Pero rara vez levantaba su vista y si se daba cuenta que alguien lo estaba viendo a los ojos (¡qué destino tan trágico y sangriento el que desafortunadamente le espera!), entonces él lo mataba con una de sus innumerables técnicas que parecían ser infinitas. Tal vez si mientras caminaba no hubiera escondido sus ojos, hubiera visto a todos los que caminaban también y se hubiera percatado que lo miraban más de lo que creía, las muertes serían diez o más veces numerosas y sus formas de muerte, quizás, ya no parecerían infinitas. Enrique fue el mayor asesino que conoció el pueblo en su historia. En sólo tres años la Muerte recibió quince mil nuevas víctimas.
Las investigaciones profundizaron en las víctimas, quiénes eran los muertos, cómo habían muerto, qué hacían justo en el momento de su muerte, dónde habían caído. Por encargo del juez hicieron lo mismo con cada una de los fallecidos y relacionaron todo acerca de ellos, las escenas del crimen, las semejanzas en los diferentes aspectos analizados, las familias, todo. Una investigación excelente, sin lugar a dudas. Pero aún así descubrir el asesino era muy difícil.
Cuando pudieron descubrir a Enrique, prepararon la mejor estrategia que pudieron crear para capturarlo. Una noche, lo encerraron en un callejón más de diez oficiales y soldados. Se echó en el suelo como resignado, de rodillas en un charco y el mentón en el pecho mientras todos le apuntaban y el jefe le ordenaba que se diera por arrestado y le enunciaba sus derechos como criminal. Enrique no levantaba su mirada y justo cuando el grupo pensó que se daría por vencido, los miró a los ojos y dejo rodar un disco explosivo que devastó a los hombres en segundos. Corrió y salvó su vida algún tiempo, no más.
Pero su final estaba muy cerca y, de hecho, fue rápido. El juez había cambiado las órdenes:
-¡Mátenlo!
Quería tener el cuerpo de Enrique para encargarse él, personalmente, de la venganza por su hija y del castigo por sus sangrientos actos. Pero, ahora, comprendida la angustia de los habitantes, optó por la eficacia.
El cuerpo del ejército, leal como ningún otro, servicial y entregado al honor y al pueblo igual que a sus familias, luchadores hasta la muerte, defensores de las leyes y la paz, capacitados para cualquier tarea, como un ejército casi perfecto de humanos que estaban por encima de las dimensiones normales de cualquier hombre, preparó una emboscada sin posibilidad alguna de error.
Con la luna en el cenit, en casa de Enrique, con la ayuda de su padre (al que le habían mentido afirmando que sólo lo arrestarían, para lo cual, requerían, por facilidad, el sueño de Enrique), que había conseguido que durmiera toda la noche, un pelotón desalojó el lugar sacando al padre del hogar y obligándolo a dejar a su hijo dormido y encerrado a merced de los soldados. A unas varias decenas de metros, los soldados empezaron el fuego. Mientras brotaban de los ojos del padre lágrimas que hundirían el pueblo si no se secaran al deslizarse, las armas rugían desgarrando bombas y cañones sobre los muros incandescentes que habrían de caer sobre el cuerpo de Enrique quemándolo y aplastándolo.
En esos últimos instantes, Enrique recordaba, o más bien recitaba aquél cuento, del mismo autor que esta historia, que, en su época bohemia, leyó y le causó gran admiración porque pensaba que esa era la mejor forma en que debería finalizar su existencia:
El reloj, segundo a segundo que me arranca de la vida para dar cuerda a sus engranajes que dictan una hora que no existe, un invento más del hombre, con su cruel tuc cada sesentava parte de minuto, me obliga a pensar en sincronía con él:
-Mal-di-to-re-loj-me-es-tás-ma-tan-do-con-ca-da-se-gun-do-que-pa-sas... Es-to-nun-ca-a-ca-ba-rá-¿ver-dad?
Y en mis últimos instantes de agonía, el reloj despiadado que no se detendrá nunca, con sus agujas como espinas envenenadas con cicuta, que en cada segundo desgarran de mi ser la vida misma, me dice al ritmo de su tuc bien medido, como sin sentimientos, con la misma frialdad del invierno y con la superioridad que le regala la eternidad que podría matar su cuerpo pero jamás el tiempo que lo gobierna, las últimas sílabas que escucharé en este mundo:
-Es-el-fin... No-soy-tu-yo-;e-res-mío.
La descarga duró menos de un minuto, pero los escombros parecían de una guerra mundial. En la mañana, la noticia fue confirmada: Enrique había muerto. Sus restos fueron dados a disposición de su padre quien, desconcertado, triste, lleno de odio y dolor, deprimido, rencoroso y arrepentido, lo regaló a la plaza central para que todos vieran en lo que habían transformado a su hijo.
Tal vez, merecía morir. Aunque no debo juzgar ¿Pero merecía hacerlo de esa forma?...Recuerdo el final de su obituario: “(…) el fuego en su cuerpo fueron las agujas del reloj que lo mató”.
Esta es la historia del hijo de Enrique. Él mismo me pidió el favor de contarla. Enrique, y por tanto su hijo, era un sobreviviente de la guerra cruel e injusta. Su esposa había sido fusilada con el rifle en su cabeza mientras él se escondía con Enriquito para protegerlo y éste enceguecía al ver la muerte entrarle por los ojos. Cuando creció, no pudo ser indiferente a su pasado y jamás comprendió que el mundo está lleno de diferentes actitudes.

4 comentarios:

Carla Kowalski dijo...

Si, el mundo esta lleno de diferentes actitudes.
Igual creo que se equivocaron, creo que un asesino debe pagar en vida lo que hizo.
Me gusto la descripción y los detalles.

| A+N+D+O+R+E+S+U | dijo...

Sí pagó en vida lo que hizo. Pago con la misma moneda sus actos. Aunque es cierto, y es un punto muy importante en tu interpretación, se puede sufrir más en la vida que en la muerte. (por lo menos en lo que se conoce de ella: que es un reencuentro de almas o que es nada). Así pues, ¿podría verse como una salvación?. Yo digo que Enrique no disfrutaba mucho la vida y ese fue su castigo.

**Gracias por dejarme participar nuevamente en su taller abierto. Me entristece un poco ver que ya no tengo la misma acogida ni el seguimiento de antes, aunque soy consciente de mi ausencia en este bello mundo de las letras, que definitivamente no va con mi profesión. Soy consciente que tal vez, en mucho tiempo deje de escribir. Pero espero y prometo fielmente que algún día regresaré y compartiré con todos ustedes y con más personas las historias y aventuras que pasan todos los días por nuestras mentes viajantes. Me ausentaré, pero volveré cuando esté en condiciones de volver a escribir...Mientras seguiré alimentando mi imaginación con la lectura.

Un abrazo a todos por su compañía y muchos saludos!
Andrés Daza Narváez

SIL dijo...

(¡qué destino tan trágico y sangriento el que desafortunadamente le espera!)...

Esta frase marca el eje.
Muy buena historia, la he podido ver, además de leer.
Un abrazo al autor.

SIL

| A+N+D+O+R+E+S+U | dijo...

gracias SIL!
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